En 1868, cundía en Chile el temor de una epidemia de cólera. El 14 de marzo, desde París, el tucumano Juan Bautista Alberdi escribía a su amigo Francisco J. Villanueva, radicado en el país trasandino, sobre el asunto. Decía que “nuestros hábitos y usos, heredados de España, nos hacen vulnerables a esa como a todas las epidemias. A la suciedad ordinaria de nuestras ciudades se agrega otro peligro, que nace del pánico; y es esa higiene pública, esa policía de limpieza improvisada y brusca que, en momentos críticos, puede ser ella misma una causa de explosión de la epidemia que se quiere alejar. Remover basuras, humedecer terrenos sucios en tiempo de pestes, en lo mismo que llamarlas. La higiene no produce sus efectos preventivos, yo creo, sino al cabo de mucho tiempo de convertida en hábito y costumbre”.
A juicio del tucumano, “nuestro sistema alimenticio, heredado a España, es horrible. Todas nuestras comidas son pesadas. Las más de ellas son cólicos confeccionados en forma de manjares. Usamos mucho de la grasa, del aceite. Bebemos mucha agua, poco vino. Nuestra disposición biliosa nos inclina a las bebidas frías y a los ácidos, que son terribles para el cólera. Los huevos con tomates, con salchichas, el ‘charquicán’, los porotos, los garbanzos, los pepinos, me parecen muy pesados”. Además, “la afición a los pasteles, a los dulces, las masas de todo género. Yo creo que el ‘café con leche’ no es bueno, pero el café solo, excelente, lo mismo que el té, los licores secos, los vinos generosos, la carne, el arroz, las legumbres ligeras, siempre cocidas, son los alimentos más garantidos contra el cólera. La cerveza es mala. La dieta, la alimentación escasa, también es mala”. Quien no se alimenta bien, no puede tener “el coraje y la presencia de espíritu” que “son el mejor preservativo”.